La hice danzar al compás de un tango
Primero blanca, una olla, canela, naranja, azúcar. Es de estas cosas que no se preparan con porciones de ingredientes exactos, sino que, mediante el aroma, si no huele igual, nunca es igual. Y la nostalgia, las ganas de volver a ser niños, le da un toque aun más delcicioso, aunque muy melancólico cuando lo haces por ti solo, cuando estás grande, deseoso de tus 5 años.Cuando me invitaban a los cumpleaños más que pensar en compartir con los amiguitos del jardín, del colegio, no tanto de la casa, lo que más me emocionaba era la torta, evidentemente, pero por sobre todas las cosas, siempre que salía de casa, de la mano de mi mamá, con el regalo en la bolsita, y el vestido fucsia con lunares blancos, o pantalones, y mi característica cola de caballo, iba pensando todo el tiempo en la leche con chocolate.
Es que la leche con chocolate de cumpleaños no es la misma que la leche con cola cao, con milo, con cocoa raff, en lo absoluto, la leche de cumpleaños, en un vasito plástico tenía un sabor especial, amargo y dulce a la vez, y más sabroso aún mientras veías como los niños jugaban, y no la toman en cuenta, y entonces la tienes para ti sola, litros y litros, que importaban los dulces y los globos, y cantar cumpleaños, si tu vaso con la pocima completaban tus momentos.
Siempre mi mamá me hacía leche de cumpleaños, pero nunca la vi, se lo que lleva, pero no en qué cantidad. y así con todos los ingredientes en la mesa de la cocina, empecé a experimentar, a oler, a ver si sentía la nostalgia, y ese, sería su punto.
En la radio suena la banda sonora de la película "Tango", el acordéon es la melódia, o si, que bien quedaba ese cuadro, heché el chocolate, y revolví la leche , y recordé.
La hice danzar al compás de un tango, tan lento, tan violento a veces. La canela y las cáscaras de naranjas, mareadas, me agradecían hacendo brotar el olor sabroso que me devolvió al fin la niñez. Ya no es la madre que molestas los domingos para hacer aquello tan sabroso, si no que yo, a mis 22, revolviendo, llorando, y bailando con la olla casi abrazada a fuego lento. Y al fin salió ese olor exquisito y triste. Ya estaba en su punto, y eso me causo gusto, y más pena.
